Posted by : Miquel Bassart Lorè dilluns, 13 d’abril de 2015

Tener una ideología clara en cualquier aspecto es, o un ejemplo de total y absoluta falta de indecisión, o en la mayoría de los casos una imprudencia causada por falta de puntos de vista, o exceso de la misma opinión. Y es que, al fin y al cabo, muy pocas de las teorías o cosas que se puedan leer no dejan de ser meras opiniones formuladas desde la subjetividad de quien las enunció. Precisamente por eso, sin hacer apología al escepticismo, animo a que dudéis de vuestra absoluta seguridad y que deis a las distintas ideologías el beneficio de la duda, para no hacer de vuestro punto de vista un dogma.

Como ejemplo usaré el debate federalismo/centralismo, uno de los aspectos en qué ideológicamente aún no he encontrado respuesta. Cada vez que oía o leía opiniones a favor de ambas posturas, más dudaba sobre mi posicionamiento en este aspecto. Las dos formas de organización de Estado tienen sus ventajas e inconvenientes, que realmente no son más que la prevención de los riesgos que conlleva la otra.

Primeramente cabe recordar como se conciben las obligaciones de un Estado desde tiempos bastantes remotos, probablemente fue Maquiavelo el primero en expresarlo formalmente. El Estado debe asegurarse única y exclusivamente del bien de sus ciudadanos, todo lo demás es una muestra de caridad. Y por más narcisista o amoral que parezca, es muy razonable, pues aquellos que financian al Estado y en cierto modo lo dirigen -en algunos países más que en otros- son los ciudadanos, luego son ellos por quienes ha de cuidar el Estado. Por ello, en teoría, cuanto más abarque la influencia del Estado más personas se beneficiaran de sus acciones. Por lo que deducimos que en la medida en qué el territorio esté más fragmentado políticamente habrá más desigualdad territorial, porqué cada uno de los Estados buscará únicamente el bien de sus ciudadanos. Generalmente la riqueza es como la materia, ni se crea ni se destruye, cambia de valor y de manos. si uno gana la lotería es porqué miles de personas no lo han hecho. Por lo tanto, el éxito de unos supone la miseria de otros.
Del mismo modo, la fragmentación política del territorio supone un abandono de los intereses comunes, y el resultado de esta fragmentación tiene el riesgo de convertirse en la pseudodictadura de los más favorecidos de la desigualdad. El ejemplo más claro es la actual Unión Europea, donde los estados miembros actúan siempre en interés de su propio país en lugar del interés de Europa, no solo por la condición de territorio fragmentado, sino también por la falta de conciencia europea -el italiano se siente antes italiano que europeo, a diferencia del tejano que se siente estadounidense antes que tejano-.El programa de cada partido político de cualquier país en las pasadas europeas, así como las imposiciones de la Troyka, dan crédito de este problema que dificulta la unión de la UE.

Sin embargo, como he dicho antes, las ventajas de escoger una u otra forma de Estado radican en la prevención de riesgos que causa la otra, pero eso no implica necesariamente que esos riesgos desaparezcan, ya que una mala gestión del Estado puede llegar al cumplimiento de los susodichos riesgos. Por lo tanto, un estado centralista no es sinónimo de un estado con igualdad económica -cabe recordar que la igualdad económica consiste en la capacidad productiva y no en la liquidez-. Francia o la antigua Unión Soviética sirven como ejemplo, pues París y Moscú respectivamente son mucho más ricas que la periferia de ambos estados.
Justamente aquí se encuentra el gran problema del centralismo, la mala gestión del Estado. Esta puede ser causada por un excesivo apego a determinadas zonas, en la inmensa mayoría de los casos son aquellas donde reside el gobierno. Pero también puede ser dada por un desconocimiento de todos los problemas a los que se enfrenta el Estado, ya que los problemas se conocen mejor en el ámbito local. Por lo tanto, el centralismo tiene un gran riesgo de generar decisiones erróneas que, además de las consecuencias que se deriven de por sí, suscitarían descontento en una población que las vería a modo de imposición.
Además, otro inconveniente de los estados centralistas se da en aquellos estados con diferencias étnicas y/o culturales que dificultan la unificación social, por lo que la misma toma de decisiones originada por un mismo órgano central genera conflictividad social.

Tenemos por tanto dos posturas que proponen solventar los defectos de la otra. El centralismo pretende resolver la desigualdad que genera el federalismo, mientras que el federalismo defiende la pluralidad y la libertad de las distintas naciones y grupos étnicos. De este modo, parece más real el riesgo de una toma de decisiones erróneas por parte de un estado centralista que censure la libertad de todo el conjunto de la población. De hecho, uno de los principios de la democracia es suprimir la concentración de poderes -cosa bastante cuestionable de la que ya hablaré-. Pero no se puede negar negligentemente los grandes problemas que suponen la desigualdad territorial, que acaban siendo retroalimentativos.

Probablemente la solución deba estar en un punto medio, o en la transmutación de valores respecto las obligaciones del Estado, realmente hay matices entre las distintas formas de Estado. No es el mismo tipo de centralismo el de Francia que el de España, del mismo modo que no es el mismo federalismo el de los Estados Unidos de América, donde la desigualdad entre estados es muy notable, que el de la Antigua Yugoslavia de Josip Broz Tito, donde el federalismo era de carácter cooperativo, es decir, se le otorgaba libertad a las naciones de Yugoslavia, pero la igualdad económica y el progreso equitativo eran derechos asegurados por el Estado central.

Al fin y al cabo todos los debates e ideologías parten de la elección de prioridades, libertad o igualdad ¿son realmente contradictorios?



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